Yunnan, derroche multiétnico en China

Marco Polo barajó Yunnan como alternativa a la Ruta de la Seda

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Al suroeste del Gigante Rojo, rozando las grandes tierras del Tibet y flanqueada por Myanmar, Laos, Vietnam, las provincias chinas de Sichuan y Guizhou, y la región autónoma Zhuang de Guangxi, se alza Yunnan, el hogar de más de veinticinco de las cincuenta y seis minorías étnicas reconocidas en China.

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Asier Reino - Yunnan, derroche multiétnico en China Texto y fotos: Asier Reino (asierreino.es). Autor de la sección ‘Tribus del Mundo’

 

 

Las últimas dos cifras no se ajustan a la realidad, por quedarse cortas. Aun así, aceptando esa falaz oficialidad, y asumiendo que en toda China sólo hubiera ese aproximadamente medio centenar largo de etnias, con una mayoritaria, la «han», que representaría cerca del 90% de la población total, lo que es indiscutible es que la provincia de Yunnan es la zona más multiétnica de todo el país, con una increíble variedad de pueblos milenarios que siguen manteniendo, en la actualidad, altísimas cotas de tradición y cultura propia, con las que no ha podido terminar ningún intento homogeneizador.

“La zona más multiétnica de todo el país, con una increíble variedad de pueblos milenarios”.

Con más de cuarenta millones de habitantes y una superficie algo mayor que Alemania, Yunnan fue, antes de los han, un núcleo de la etnia thai, que luego emigró en gran parte al sur de Indochina, fundando al reino de Siam, es decir, la actual Tailandia. El emperador Qin Shi Huang incluyó a Yunnan en la China unificada en el año 221 a.C., y la dinastía han fue ocupando el territorio, al tiempo que lo consolidaba como epicentro comercial para sus tratos con Birmania y la India. Durante los siglos XVIII y XIX las minorías étnicas que se habían ido viendo progresivamente cada vez más arrinconadas, y con sus culturas cada vez más amenazadas, por la masiva llegada de colonos chinos, protagonizaron una serie de feroces intentos de liberación que fueron sofocados y que, aunque en realidad nunca han terminado de apagarse del todo, en la actualidad sí que, cuando menos, aparentan estar dormidos.

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Tomar contacto con muchas de estas etnias minoritarias y empaparse de sus esencias, al menos mínimamente, no es una tarea excesivamente complicada, ya que la China Imperial parece que decidió, un buen día, no sólo tolerarlas sino, incluso, promocionarlas como atractivo turístico de la provincia de Yunnan. Y aunque en el ámbito político tienen por lo general un peso escaso, en lo folklórico, sin embargo, son las auténticas protagonistas, atrayendo la curiosidad de multitud de viajeros y turistas, en su mayoría chinos.

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En una corta visita por Yunnan, de un par de semanas o tres, se pueden cosechar variados conocimientos sobre las costumbres, la historia y la cultura de muchos de estos grupos étnicos. Dejando al margen Kunming, la capital, ya que en ella la representación de estas minorías, aunque grande, es por lógica mucho más descafeinada, una ruta imprescindible debería tocar, para empezar, Dali, el bastión principal de la etnia «bai», una de las minorías étnicas con más individuos de todas las que pueblan China. Los bai son en total casi dos millones de personas. El ochenta por ciento de ellas lleva desde hace cuatro mil años poblando esa zona al noroeste de Yunnan, alrededor del lago Erhai, mientras que el otro veinte por ciento se reparte principalmente entre las provincias de Sichuan y Guizhou.

 

“EL 80 % de los «bai» llevan 4.000 años poblando Dali, al noroeste de Yunnan”

Entre los siglos VII y XIII, los bai fueron independientes. Primero fundaron el reino de Nanzhao y después el de Dali, hasta la llegada de los mongoles en 1253, que anexionaron la zona al resto de China. Con una lengua de la familia tibeto-birmana, que incluye muchas palabras chinas, debido a su prolongado contacto con la etnia han, los bai practican el budismo tántrico, al que añaden el culto a algunos dioses locales. Para ellos es muy importante la figura del azhali, o maestro, que es una persona especialista en ciertos rituales, cuyos conocimientos le han sido transmitidos por su padre. Cada aldea o comunidad bai tiene su propio dios protector, el benzhu, al que se le realizan distintos sacrificios para pedirle protección, salud o buenas cosechas. Y en su festividad se le saca en procesión.

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En Dali, el centro neurálgico de los bai, se percibe perfectamente que Yunnan es una tierra donde lo tradicional hace grandes pero exitosos esfuerzos por sobrevivir ante la globalización y el turismo internacional de masas. Sin embargo, el turismo interior, el del pueblo chino, es más difícil de eludir y, en determinadas épocas del año, su presión es realmente agobiante y su impacto sobre la cultura bai bastante preocupante. A una altura de algo menos de dos mil metros sobre el nivel del mar, el epicentro bai es en la actualidad un lugar muy turístico, aunque sin apenas caras occidentales, salvo en temporada altísima. Con imponentes montañas que rodean el espectacular lago, la amurallada y antigua ciudad de Dali mantiene viva la esencia bai, aunque un tanto edulcorada. Eso también es verdad. Edificios bajos con tejados cóncavos, torres de vigilancia en los cuatro puntos cardinales y algún templo budista conforman, hoy día, una muy turística urbe que vibra, muy especialmente de noche, en torno a su calle principal, Renmin Lu, manteniendo, en cierta manera, el encanto de unas callejuelas y unas edificaciones muy singulares,  ahora absolutamente adaptadas para que en sus plantas bajas se amonten muchas, excesivas, tiendas de suvenires, restaurantes y clubs nocturnos.

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“Dali vibra especialmente de noche, entre callejuelas y edificaciones singulares”

 

Por eso, para poder tener una visión más auténtica de la verdadera esencia bai, es recomendable buscarla en las aldeas circundantes, cuanto más alejadas mejor o, incluso, en otra localidad de cierto renombre como Shaxi, a un par de horas de carretera al noroeste, que aguanta estoicamente, casi intacta, como uno de los pocos vestigios vivos de la antigua y romántica Ruta de los Caballos y el Té. Un lugar precioso, que se ha protegido de la masificación turística y que conserva su patrimonio intacto, por estar alejado de las típicas rutas. Allí se puede dejar volar la mente imaginando cómo serían en el pasado los días de mercado, en una mezcla de vestimentas occidentales y túnicas del color azafrán de los monjes tibetanos, al olor de las especias, con una continua y susurrante cacofonía de idiomas, producida por el relajado pero incesante intercambio entre mercaderes llegados de todas la partes del mundo. Comerciantes y animales que tenían miles de kilómetros por delante hacían escala en ese precioso pueblo bai, que se convirtió en uno de los mercados principales de la ruta. El pu’er, el azúcar y la sal, procedentes del este, se intercambiaban por productos frescos producidos por los bai y los «yi», que los llevaban a Shaxi desde las pequeñas aldeas de los alrededores, en carromatos tirados por mulas.

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“Shaxi, uno de los pocos vestigios vivos de la Ruta de los Caballos y el Té”

Otra etnia de mucha relevancia en Yunnan es la «naxi», que está compuesta por alrededor de trescientas mil personas. Viven principalmente en la zona de Lijiang, más al norte, aunque también se pueden encontrar grupos en otras zonas de la provincia, y en Sichuan. Descendientes de los nómadas tibetanos, se dedican principalmente a la agricultura del maíz, el arroz, el trigo y las patatas. Hace más de mil años los naxi crearon un sistema de escritura pictográfico conocido como dongba, que es el único lenguaje jeroglífico todavía en uso en todo el mundo. Gracias a él han podido transmitirse, a lo largo de generaciones, su ancestral folclore, sus leyendas, sus poemas, y otros rasgos esenciales de una cultura que es muy rica, e incluye una mezcla de influencias tibetanas y han. En la religión de los naxi los sacerdotes practican la adivinación, los exorcismos y otros curiosos ritos que les llevan al trance.

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“El dongba de los naxi es el único lenguaje jeroglífico aún en uso en todo el mundo”

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Lijiang, la capital de la minoría étnica naxi, es una hermosa ciudad, a los pies de la meseta tibetana, conformada por un histórico pero muy reconstruido entramado de calles de piedra, edificios de madera y canales de agua, que la convierten, como a Dali, en un destino muy solicitado por los turistas chinos, que acuden en masa al norte de Yunnan, para conocer esa otra ciudad estrella, a la que en los folletos turísticos se la denomina como la Venecia china. A unos dos mil quinientos metros de altitud, Lijiang constituye el más popular lugar de peregrinaje para los chinos que desean, en verano, alejarse del calor. Repleta de restaurantes, bares de copas y tiendas de suvenires, acoge durante todo el año a multitud de turistas nacionales aunque, a pesar de ello, es muy agradable. De gran belleza, su casco antiguo está surcado por canales, de ahí su sobrenombre propagandístico, cuyas aguas brotan del estanque del Dragón Negro, un lago que se nutre de la majestuosa Montaña del Dragón de Jade y Nieve, que refleja en sus aguas buena parte de sus más de cinco mil quinientos metros de altura.

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“Lijian es conocida como ‘La Venecia china’”

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En Lijiang, al albor de los autocares repletos de turistas locales que invaden la ciudad, aún pueden verse muchas escenas tradicionales, con abuelitas ataviadas con la indumentaria tradicional naxi, y otras muchas mujeres vestidas con los coloridos trajes de esa etnia, que se acercan a la ciudad desde los pueblecillos cercanos, para vender en ella sus verduras en el fragor turístico, y curiosear de paso el discurrir de los forasteros, por entre los grises canales, salpicados por el verde apagado de los sauces llorones. Pero, lógicamente, la esencia naxi en un estado más puro es mucho más fácil de saborear saliendo de la ciudad, y dirigiéndose a las aldeas. Localidades como Baisha, un pequeño y tranquilo pueblo a ocho kilómetros al norte de Lijiang, exhiben mejor la auténtica cultura naxi, lejos de aglomeraciones turísticas. Allí se puede ver, por ejemplo, entre portalones  de madera labrada y casas de adobe, a los ancianos naxi jugando a la petanca, uno de sus principales entretenimientos, o tocando instrumentos musicales autóctonos para matar las frías horas del día.

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También fundamental en el territorio de Yunnan es la etnia tibetana, que se concentra en el extremo noroccidental de la provincia, junto a la región autónoma del Tíbet. Acceder hasta ellos bordeando la vera del río Yangtse, a más de tres mil metros de altitud, por sinuosas carreteras sin protección alguna, es una de esas experiencias que no se olvidan en toda una vida. Sobre todo si la ruta incluye la Garganta del Salto del Tigre, uno de los barrancos más profundos de la Tierra en el que, el potente amarillo y la brutal fuerza del río Yangtsé, en su camino desde el Himalaya hasta el Delta del Mekong, visto desde las alturas, forman un conjunto realmente estremecedor. El frenético trazado por esa cadena de montañas conduce, en sentido norte, hacia las brillantes luces de los llanos tibetanos que rodean Zhongdian, la conocida como Shangri-la, desde que en 1933 el escritor británico James Hilton, en su novela Horizontes Perdidos, describiera un curioso pueblo, enclavado a las puertas del Tíbet, que era una especie de paraíso terrenal en el que, entre otras cosas, sus habitantes no envejecían.

El consenso mundial determinó que Hilton había montado su relato, en realidad, tomando como base de su descripción la fisionomía y las características paisajísticas de Zhongdian, un pueblo tibetano de la provincia de Yunnan. Y fue tal la fama que adquirió la localidad que sus habitantes, y sus autoridades, decidieron asumir el honor de pertenecer a ese lugar idílico descrito en la novela, y cambiaron el nombre del pueblo, para tomar el de la ficción. Y así, Zhongdian, que es su nombre chino original, se convirtió en la mítica Shangri La que, en realidad, sólo existió dentro de la imaginación de Hilton. Aunque ahora, desde hace ya muchas décadas, está encarnada en ese pueblecito a casi 3.400 metros sobre el nivel del mar que, rodeado de estepas verdes llenas de yaks, y de altísimas montañas, se asienta sobre el precioso y antiguo centro histórico de Dukezong, que es como se conocía antaño a la parte más antigua de la localidad.

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Aunque nunca se ha podido afirmar con seguridad que, efectivamente, Shangri La sea el pueblo que inspiró a Hilton, ese halo de misterio del que aquel lugar se nutría en la ficción, sí que es verdad que flota en el ambiente de una ciudad que, en cierta medida, conserva mucha parte de la esencia del pueblo tibetano, budista lamaísta, que en la cercana pero distante Región Autónoma sigue siendo aplastado. Poco queda ya de la arquitectura original, de más de mil trescientos años de antigüedad, tras el fatídico incendio que arrasó, desgraciadamente, en enero de 2014, más del ochenta por ciento del casco viejo de Dukezong. Con las llamas se esfumó gran parte del legado tibetano que conformaba la historia de la ciudad por lo que, para conocer más sobre las costumbres y la cultura de esa etnia dentro de Yunnan, de nuevo, es aconsejable dirigirse a las aldeas, aquí no muy cercanas, atravesando inmensas extensiones que tienen a los yaks como casi únicos pobladores.

“Zhongdian se convirtió en Shangri-la por el escritor James Hilton y su novela Horizontes Perdidos

Por otra parte, en el extremo suroccidental de la provincia de Yunnan, en una zona remota y de clima tropical, viven los «wa» que, muy cerca de la frontera con Myanmar, donde también existen poblados de esta etnia, constituyen el grupo étnico quizá más distinto de todos los que pueblan ese territorio. Los wa son animistas y adoran a la naturaleza. Para ellos está poblada por infinidad de dioses y demonios a los que hay que tener contentos celebrando sacrificios y otras ceremonias. Antaño los wa eran cazadores de cabezas, ya que creen que el alma de las personas reside en su cráneo. Tras la decapitación exhibían las calaveras para protegerse de los malos espíritus y obtener así buenas cosechas. Cuando los cazadores volvían con algún trofeo humano, el tambor del pueblo sonaba para anunciar la buena nueva. Los chamanes utilizaban huesos de pollo para decidir, mediante ritos adivinatorios, qué animal se debía sacrificar para agradecer la captura. Después, se colocaba la cabeza humana en una cesta, se subía a lo alto de una larga estaca, y comenzaba una fiesta en la que toda la comunidad se centraba en bailar al ritmo de la música. La cabeza permanecía en lo alto de la estaca durante un par de años, hasta que perdía su eficacia protectora y debía ser sustituida por otra. Aunque en China esa práctica se erradicó hace tiempo, en Myanmar se ha tenido constancia de que los wa la han seguido practicando hasta hace pocas décadas, y hay quien mantiene que hoy en día todavía sigue viva, de forma furtiva.

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Otra etnia destacada de Yunnan son los «hui», un grupo de apariencia muy similar a los han, la etnia mayoritaria, pero que se diferencian de éstos, principalmente, por practicar el Islam. A simple vista se les puede reconocer por el gorro blanco que habitualmente llevan los hombres, y por el pañuelo que tapa el pelo de las mujeres. Son alrededor de doce millones y medio de personas en todo el mundo, de los que más de diez millones residen en China, principalmente en el noreste, aunque en Yunnan también hay una amplia representación, que se asentó en esas tierras en el siglo XIII, a rebufo de las tropas mongolas, a las que siguieron nutridos grupos de artesanos y comerciantes musulmanes.

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“Marco Polo barajó Yunnan como alternativa a la Ruta de la Seda”

Completar la lista de etnias minoritarias de Yunnan supone citar, al menos, a otros veinte grupos que habría que añadir a las anteriores. Y aun así sería difícil de describir, en su totalidad, esa brutal sensación de diversidad cultural que se da en una tierra que Marco Polo barajó como alternativa a la famosa Ruta de la Seda, y que fue esencial en la del té y los caballos. Un nudo de comunicaciones fundamental, por el que pasaron riadas de equinos provenientes del techo del mundo, que los gobernantes chinos necesitaban para sus guerras, y del que salieron toneladas ingentes del té rojo más famoso del planeta, que todavía hoy en día se sigue cultivando en esas tierras. Pero que, además de todo eso, y de su también espectacular variedad y belleza paisajística, que mezcla el universo de arrozales y bosques nublados tan propios del sudeste asiático, con las estribaciones del Himalaya y las cumbres nevadas de los parajes tibetanos, tiene como principal atractivo el de abrigar a multitud de individuos de grupos étnicos tachados de minoritarios y que, en realidad, no lo son tanto. Porque, al tratarse de China, ese término no se puede relacionar automáticamente con pequeño o poco, ya que de los aproximadamente mil trescientos millones de habitantes que pueblan ese enorme país, son al menos cien millones los que no pueden ser incluidos dentro la etnia mayoritaria han. Y cien millones, aunque sea una minoría, no es poco.

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