Myanmar; el tesoro étnico

Entre la gran meseta del Tíbet y la península de Malasia, se alza un país en el que el tiempo parece haberse detenido. Asentado en un territorio de gran riqueza étnica y cultural, el aislamiento político y económico que ha vivido durante décadas ha permitido que la base de esa diversidad siga prácticamente intacta hoy en día, ajena en gran medida a los implacables efectos de la globalización.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 24-70 f2.8 L USM (51mm, f2.8) – 1/15, ISO 64

Su híbrida radiografía es, en realidad, un mosaico en el que se detecta una mezcla centenaria de influencias chinas, indias, tailandesas y, por supuesto, de los reinos que las diferentes dinastías, de los pegu, los ava, los mon y otros pueblos, algunos ya desaparecidos, como los pyu, fueron creando a partir del siglo III a. C., al unificar los distintos territorios. De todos ellos, el más importante fue el Reino de Pagán, la actual Bagán, que se convirtió en la capital de la que, en cierto modo, surge la ahora Myanmar, la antigua Birmania, un heterogéneo país con más de ciento treinta y cinco grupos étnicos.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 100-400 f4.5-5.6 L IS USM (220mm, f8) – 1/640, ISO 320

Colonia británica hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, obtuvo su independencia al acabar ésta y, tras un periodo de gobierno semisocialista, se sumió en la negra historia de unas dictaduras militares que, como es habitual, trataron de gestionar la diversidad cultural, y la plurinacionalidad que emergía bajo sus botas, y sus sables, a base de cañonazos, torturas, represión y matanzas. Pero, aunque los daños son incontables, y las secuelas muy graves, no consiguieron acabar con la vida, y las culturas que, una y otra vez, insistentes, se han seguido abriendo paso entre exóticos paisajes de inaccesibles selvas y montañas.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 100-400 f4.5-5.6 L IS USM (235mm, f5.6). – 1/250, ISO 1250

Tras casi cincuenta años de dictaduras militares, en noviembre de 2015 se abrió un nuevo periodo para Myanmar cuando, por fin, al partido de la premio nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, La Dama, no se le impidió arrasar en unas elecciones que, esta vez, el verde oliva no pudo amañar tan descaradamente como lo hizo en 2010, en los primeros comicios pseudo democráticos que se vieron obligados a orquestar, tras veinte años sin hacerlo.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 100-400 f4.5-5.6 L IS USM (170mm, f5). – 1/40, ISO 3200 

Inhabilitada para gobernar, a causa de una tramposa Carta Magna hecha a medida para impedírselo, lo hace ahora en la sombra, tras haber sabido sortear una parte de las barricadas que los militares han puesto en el camino hacia la verdadera democracia, tras su parcial retirada. Y, aunque todo lo referente a la gestión de los problemas con las minorías étnicas se lo siguen atribuyendo ellos, dentro de las grandes cotas de poder que se han reservado, entre varias, y por decreto, el veinticinco por ciento de los escaños del Parlamento, la nueva Myanmar de La Dama tiene ante sí un reto importante a la hora de gestionar, o influir en la gestión, de una serie de conflictos étnicos y nacionales que, enquistados, no le permitirán, de no resolverse, abrirse paso hacia un mejor futuro.

De todas formas, y aunque los nuevos vientos sigan tutelados por botas militares, Myanmar se presenta hoy, ante el mundo, de una forma mucho más amable de lo que lo ha hecho en el último medio siglo. Ahora se puede recorrer con mayor libertad e, incluso, se puede hablar. Ya no es tan peligroso criticar el infame y eterno periodo de la Junta Militar. Sigue habiendo conflictos étnicos abiertos pero, si se sabe bien la ruta a seguir, el viajero podrá degustar, sin problemas, los sabores de una multiculturalidad que, en esa parte del mundo, es especialmente suculenta. Porque, más allá de Rangún, de la cosmopolita, inmensa y destartalada principal ciudad del país, que en realidad es un mundo aparte del resto, se abre un universo, muy diverso, de culturas y etnias que, ahí sí, coinciden unánimemente en algunos rasgos, como la hospitalidad, la amabilidad, la sonrisa y, seguramente también para su desgracia, la inocencia y la candidez.

El más importante de todos los grupos étnicos es el bamar, que representa casi el 70% de la población. Aunque dentro de él hay al menos nueve subgrupos. La cifra que aporta el gobierno habla de cuarenta millones de individuos de esta etnia, viviendo dentro del país, aunque realmente se desconoce si los datos son reales, o si las autoridades los han hinchado, ya que no se ha realizado ningún censo fiable, al menos en el último siglo. Pese a que frecuentemente se les llama simplemente birmanos, esta denominación es ambigua, ya que también hace referencia a cualquier ciudadano de Myanmar, no necesariamente de ese grupo étnico.

Al haberse mantenido tan al margen de las modas del exterior, la mayoría de la población de esta etnia conserva, en el vestir, el atuendo tradicional, que consiste en un sarong llamado longji, de forma genérica. El de los hombres recibe el nombre específico de pa-so, mientras que el de las mujeres se conoce como htamain. Lo complementan con adornos de joyería, bufandas de seda, chaquetas y, en ocasiones especiales, los hombres utilizan una especia de turbante llamado gaungbaung.

Por otra parte, tanto hombres como mujeres, de todas las edades, utilizan un maquillaje facial llamado thanaka, como elemento embellecedor, que es de color amarillo parduzco y parte de un árbol parecido al sándalo. Además de por estética, se lo aplican porque les protege del sol, les mantiene frescos y les aporta un agradable aroma que dura casi todo el día. Se extrae de la corteza del árbol, se reduce a polvo y se disuelve en agua, para untárselo por el rostro, aunque algunos también se lo aplican por otras partes del cuerpo.

La mayoría de los bamares son budistas, aunque comparten este culto con la adoración de los nat, nombre con el que se conoce a los espíritus. Esta adoración incluye rituales relacionados con los treinta y siete nats designados por el antiguo rey Anawratha, aunque también se adora a otros espíritus menores.

En los pueblos, numerosas viviendas tienen altares exteriores, llamados nat ein, destinados a honrar a estos espíritus. Además, suele existir un altar general, el nat sin, situado generalmente debajo de un árbol, que es para uso comunal. Por otra parte, la gran mayoría de los quinientos mil monjes budistas que hay en Myanmar también son de etnia bamar. Socialmente se espera que todo varón adopte una residencia monástica temporal, al menos dos veces en su vida. Por eso, casi todos los chicos menores de veinte años participan en el shinpyu, la ceremonia de novicios.

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© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 24-70 f2.8 L USM (34mm, f13) – 1/100, ISO 1250

Las togas de color blanco señalan a los prenovicios, las de color rojo vivo se suelen ofrecer a los menores de veinte años, y las de colores más oscuros suelen identificar a los mayores, que ya están ordenados. Mientras que las mujeres que viven la vida monástica llevan togas rosas e, igualmente, se afeitan la cabeza.

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El idioma de los bamar es el birmano, la lengua oficial y más extendida del país, cuyo vocabulario está formado por palabras sino-tibetanas, aunque muchos términos asociados al budismo, las artes y las ciencias derivan de lenguas indoeuropeas o del inglés, que se introdujo en el país en el siglo XVII, cuando empezaron los contactos comerciales con los británicos.

En cuanto a su procedencia, los bamar tienen sus orígenes en el este de Asia, en el actual Tíbet. Se cree que emigraron desde las estepas hasta lo que hoy es Mongolia y, hace unos tres mil años, se trasladaron hasta los valles regados por el Ayeyarwady, el principal río de Myanmar, y uno de los más importantes ríos navegables de todo Asia, reemplazando así a los mon y a los pyu, grupos étnicos que dominaban originariamente la región.

El restante treinta por ciento de la población burmesa lo forman las minorías étnicas, de las cuales las autoridades sólo reconocen sesenta y siete. Su escaso peso histórico en la política del país, prueba flagrante de una descarada discriminación, ha sido, y es todavía, una de las principales razones de los muchos conflictos armados que manchan el devenir de un estado, nación de naciones, poblado por gentes esencialmente pacíficas.

En el occidente del territorio destacan los chin, con aproximadamente un millón y medio de habitantes, sobre los casi sesenta millones del total de la población. Debido a la influencia de los misioneros baptistas, más de tres cuartas partes de ellos son cristianos, con una considerable minoría que profesa aún las religiones tribales tradicionales, y el budismo theravada. Los chin, adscritos al grupo lingüístico tibeto-birmano, probablemente llegaron Myanmar, en especial al valle de Chindwin, en el siglo IX o X, desplazándose después hacia el oeste, donde se asentaron en lo que es el actual estado Chin, uno de las catorce divisiones del mapa político actual.

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Otro de los grandes grupos minoritarios lo forman los kachín, que se extienden por el estado del mismo nombre, situado al norte, en la frontera con China, protagonizando un histórico y atascado enfrentamiento bélico con las autoridades militares birmanas. Su brazo armado, el KIA, el Ejército Independentista Kachín, ha liderado varios intentos de agrupar bajo un mismo frente común, con una estrategia unificada, a los otros dieciocho grupos étnicos armados que combaten al gobierno dentro del territorio birmano, sumando en total más de cien mil guerrilleros.

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Entre esos grupos destacan también los karen, que representan el 7% de la población del país y que, aunque han tenido también un estado con su nombre, se refugian ahora en gran número en Tailandia, a causa de la guerra que su Ejército de Liberación Nacional, el ELNK, mantiene desde 1949 contra el gobierno birmano. Dentro de este grupo étnico hay varias subdivisiones, con dos principales que los agrupa en karen blancos y rojos, abriéndose dentro de estos últimos, a su vez, múltiples grupos y subgrupos como, por ejemplo, el de los padaung, llamados también long neck, debido a los llamativos latones en espiral que lucen en el cuello sus “mujeres jirafa”.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 24-70 f2.8 L USM (63mm, f2.8) – 1/100, ISO 4000

En territorio occidental, en el estado Rakhine, el antiguo Arakán, vive la etnia rohingya, un grupo étnico musulmán que protagoniza uno de los conflictos más candentes, y de mayor actualidad, de todos cuantos afectan a la Myanmar de los últimos tiempos. Pegados a la frontera con Bangladés, las autoridades birmanas les niegan la nacionalidad y, acusándoles de ser inmigrantes ilegales y terroristas, los expulsan o los confinan en guetos y campos de refugiados, en los que viven en condiciones infrahumanas.

Debido a su violencia de respuesta, se les acusa de hacer imposible la convivencia entre musulmanes y budistas, ya sean estos rakhine o bamar, de no querer integrarse, y de aspirar a una independencia que haría surgir un nuevo estado islámico en la zona. Independientemente de la verdad o no que puedan esconder esas afirmaciones, lo cierto es que, según Amnistía Internacional, se llevan infringiendo sobre ellos, desde 1978, gravísimas violaciones de los derechos humanos, a raíz de las que decenas de miles de sus miembros se han visto obligados a huir al país vecino.

© Asier Reino – Canon 5D MkII – EF 100-400 f4.5-5.6 L IS USM (310mm, f5.6) – 1/320, ISO 100

El recrudecimiento, desde mayo de 2012, de una violencia anti musulmana, instigada por el movimiento 969, liderado por el monje budista Ashin Wirathu, hace sospechar que se puede estar produciendo, desde hace tiempo ya, una clara limpieza étnica sobre una población que, en realidad, por mucho que se diga que es extranjera, está asentada en territorio birmano desde el siglo VIII de nuestra era.

Otra minoría de gran peso, e histórico belicismo frente al gobierno, son los shan, mayoritarios en el estado que lleva su nombre, y con más de seis millones de miembros en el total del país. Envueltos en una guerra civil intermitente dentro de Myanmar desde hace décadas, como su estado es uno de los mayores del territorio birmano, mantienen dos fuerzas armadas rebeldes diferenciadas, que operan una al norte y otra al sur de su territorio.

También forzados a huir en gran número a Tailandia, país con el que comparten frontera, se cree que pudieron haber llegado a Birmania desde las montañas del sur de la provincia china de Yunnan, siendo la rama más antigua del grupo étnico tai conocido como “Tai Long”, es decir “Grandes Tai”, ya que su idioma, relacionado con el tailandés y el laosiano, forma parte del grupo de las lenguas tai-kadai. Tradicionalmente cultivadores de arroz, comerciantes y artesanos, hoy son mayoritariamente budistas, aunque sus raíces los anclan en el animismo, y en un todavía muy arraigado sistema monárquico propio.

Pese a ser mayoritarios en su estado, comparten vida y territorio con otras muchas etnias, ya que, por ejemplo, la región montañosa del estado Shan, al este de Myanmar, frontera con China, Laos y Tailandia, es un auténtico microcosmos étnico. El aislamiento político y económico del país durante décadas y la difícil accesibilidad a buena parte de esa zona, por la ausencia de carreteras, han facilitado la preservación de identidades y costumbres como las de los tanu, asentados en un centenar de poblados esparcidos y semiocultos entre una espesa vegetación, que sólo se puede atravesar a pie.

En el más apartado oriente, en torno a localidad de Kentung, el precioso paisaje queda salpicado de remotas aldeas de minorías étnicas afines a las cercanas culturas del Mekong, ligadas históricamente a las plantaciones de la amapola del opio en las montañas. Allí habitan, además de algunos padaung, los akha, de origen mongol, que se distribuyen también por China, el norte de Tailandia y Laos. Y los Ann, un pueblo animista que llama la atención por sus altares para sacrificios, y por los grandes agujeros de sus orejas, en los que colocan una especie de tapón de madera. Sus poblados están formados por pequeñas cabañas palafíticas, hechas de bambú y con cubierta vegetal, en los que las mujeres, con los dientes lacados de negro para parecer más bellas, y luciendo siempre ropa de ese mismo color, soportan casi todo el peso de la comunidad.

En esa zona también vive la etnia wa, cuya vida gira en torno a los dos principales productos que crecen en las espesas junglas que les rodean: el bambú y el opio. Politeístas, y con una especial adoración a la naturaleza, oficialmente, hasta 1970, tenían por costumbre decapitar a sus enemigos y colgar sus cabezas a la entrada de los pueblos, como señal de advertencia, y de poder, ya que, según su tradición, cazar las cabezas de sus adversarios les aseguraba, además, una buena cosecha, y les permitía aplacar a los dioses, impidiendo así inundaciones y otras catástrofes naturales.

Organizados en pequeñas aldeas, con grandes cabañas de planta rectangular, de unos treinta metros de largo, que albergan a varias familias, han luchado con las armas durante muchos años, para intentar tener un estado propio, por lo que todavía existe un ejército wa, parece que muy militarizado, que sigue supuestamente produciendo opio y metanfetaminas para su financiación.Sin salir del estado Shan, pero hacia el oeste, y en una zona ya accesible con coche, se encuentra el famoso lago Inle. Con algo más de veinte kilómetros de largo y unos diez de ancho, cuenta con una veintena de poblaciones que salpican sus orillas, y que están formadas por casas flotantes construidas sobre palafitos de bambú. Allí, el principal grupo étnico son los intha, u “hombres del lago”, que tienen en la pesca su principal actividad económica.

Utilizando unas curiosas embarcaciones llamadas pinazas, reman con los pies para poder tener libres las manos, y así manejar mejor unas también peculiares redes cónicas con las que capturan los peces. Aprovechando la lacustre vegetación del fondo del lago, se dedican también a sus cultivos flotantes, de tomates, habas o coliflor.

© Asier Reino

En las montañas de la zona, cerca de la pequeña y encantadora ciudad de Kalaw, vive otra etnia, la pa-o, que se dedica, principalmente, al cultivo de hojas de mostaza. Budistas y con un lenguaje escrito propio, creado por los misioneros cristianos, antaño vestían ropas de vistosos colores, hasta que un rey, Anawratha, les convirtió en esclavos y les obligó a vestir ropas tintadas de añil, que delataban su estatus. Aunque, en la actualidad, han recuperado los colores vivos, cuando menos en sus turbantes y pañuelos, casi siempre de tonos naranjas.

Y así, se podría estar enumerando etnias y más etnias, de entre todas las que habitan el territorio de Myanmar, y con ellas llenar páginas y más páginas, ya que además de algunas de bastante importancia, como los blang, los jingpo, los mon, los kuki, los taung yoe, los kayah, los kayin, los rakhine o los danu, entre otros muchos, se han quedado en el tintero numerosos grupos pequeños, a veces de sólo unos cientos o, incluso, unas pocas decenas de miembros que, sin embargo, son parte fundamental de esa diversidad étnica de un país que constituye todo un paraíso para el viajero, al permitirle aproximarse a un mundo ancestral que, hoy en día, todavía perdura en algunos rincones del planeta como la excepcional Myanmar; una joya desconocida y aislada del mundo exterior que, ojalá, dentro de no mucho, encuentre, sin perder su esencia y su riqueza multiétnica, el camino hacia esa libertad política total que tanto ansían y merecen sus buenas y diversas gentes.

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