Hay templos que se visitan y templos que se recorren con el alma en vilo. La Mezquita-Catedral de Córdoba es de los segundos: un bosque de más de ochocientas columnas donde el eco de los rezos musulmanes y el de los cantos gregorianos parecen convivir todavía entre las sombras, como si trece siglos de fe, sangre, arte y disputa no hubieran bastado para que el edificio eligiera un solo nombre, una sola historia o un solo dueño. Pisar sus losas de mármol es entrar en la memoria más disputada —y…
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