El malecón habanero, ¡Hay que sentirlo!

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El Malecón, es donde se dan cita los enamorados, donde los trovadores entonan canciones de la vieja trova y los raperos sus ritmos de hip-hop.

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De espaldas a un Caribe impredecible pero siempre de un azul estallante, y frente a un tesoro arquitectónico en que destacan edificios y mansiones de diversos estilos pero donde predominan el neoclásico y el eclecticismo. De este muro de piedra se puede decir, como de Versalles, que si hablara, dejaría anonadado a quien escuche las historias  más inverosímiles de naufragios, suicidios y cadáveres de ahogados aparecidos en sus arrecifes a cualquier hora del día o de la noche. Pero también de historias amorosas nacidas en un ámbito romántico y a la intemperie, unas con finales felices y otras con tristes finales inconsolables.

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Muchas ciudades marinas tienen su malecón pero el de la Habana es único por su larga sucesión de historias que se han tejido en torno a él para convertirlo ya en un legendario emblema de la ciudad.

Ni más bello, ni más grande que el de otros países pero sí más próximo al mar, más misterioso y sensual, más profundo y subyugante.

Dique de contención de las aguas, el malecón habanero se comenzó a construir a principios del siglo XX para evitar que las olas penetraran en lo que ya era una ciudad que crecía hacia el norte y que amenazaba con apoderarse de grandes porciones de mar.
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Vista desde la entrada de la bahía, la capital existía antes de la construcción del legendario muro, un espectáculo deprimente del fondo de las casas con todo el saldo de sus desperdicios. Arena, piedras, escombros y peces muertos yacían sobre sus arrecifes.

Su construcción, que se hizo por tramos, benefició enormemente la belleza del litoral y mejoró las condiciones del tránsito creando un cinturón que, al bordear parte de la ciudad, facilitaba el paso de coches de caballos, automóviles y todo tipo de vehículos. Sin embargo, arruinó en su tramo final un espacio de recreo que disfrutaban en el verano los habaneros en lo que fueron las pocetas en la calle E, al que, hasta hace poco, se le llamó Baños, por encontrarse en ella uno de los más populares balnearios del barrio del Vedado. No olvidaré nunca los Baños de Carneado, para familias de pocos recursos y prole numerosa, donde se daban cita todos los tintes de la especie humana.

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