Varanasi: el río que nunca duerme

Es un lugar que no para de suceder, en constante renovación, una ciudad que cada día se acaba infinidad de veces, y que cada día es nueva otra vez, como si ardiese en la pira y renaciese exactamente igual, atrapada en el ciclo de la vida.

“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.”

  • Heráclito

Por: Alfonso Portabales

Hay una ciudad a orillas de un río amplio y largo a la que la gente va a morir. Huele a humo, incienso y clavel, y a ratos a barbacoa y orín. Desde la distancia, da la impresión de ser un gran monstruo multicolor de pasteles rosas y blancos crema, de alberos suaves y marrones terrosos, pero al verla de cerca hay algo en su pulsación enloquecida, en sus bocinazos punzantes, sus olores, y sus cientos de rituales incomprensibles al ojo extranjero no entrenado, que engancha y enamora. Esta ciudad de más de un millón de habitantes, bañada por el río Ganges, es Varanasi, el centro neurálgico de la religión hindú.

Un lugar creado para atender a la muerte y a lo que viene después, y no a los quehaceres mundanos de la vida.

Lo habitual al hablar de un destino de viaje sería hacerlo elaborando una detallada lista de sitios obligatorios para el visitante, lugares a no perderse y fotos que, si uno no se toma, podría parecer que ni hubiese ido. Y no es que en Varanasi haya escasez de este tipo de sitios, de hecho, tiene más de dos mil templos hindúes, una gran mezquita mogol del siglo XVII, y una infinidad de callejuelas repletas de tiendas y talleres de artesanos, pequeños puestos de té con leche y especias, y carteles de colores vivos, pero el que afronte esta ciudad con esa mentalidad estaría cometiendo un error. Es un lugar que no para de suceder, en constante renovación, una ciudad que cada día se acaba infinidad de veces, y que cada día es nueva otra vez, como si ardiese en la pira y renaciese exactamente igual, atrapada en el ciclo de la vida por no poder bañarse en el río; un lugar creado para atender a la muerte y a lo que viene después, y no a los quehaceres mundanos de la vida.

Varanasi se mezcla con el río a través de sus icónicos ghats, unas escalinatas que surgen de la ciudad antigua y la conectan con sus aguas. Si uno se pierde por su laberinto fantástico de callejones, el río sirve de referencia como en otras ciudades lo haría el mar. Al ser tan caudaloso, las poblaciones de la otra orilla, escasas y dispersas, no se consideran parte del mismo núcleo urbano.

Cuenta la tradición que el río Ganges descendió directamente del cielo bañado en soma (algo similar al néctar de los dioses), se posó en el Himalaya y descendió por su cauce hasta morir en el mar. En su ruta, desde las montañas al inframundo bajo las olas y la tierra, lavaría los pecados y la carga kármica de aquel que se bañase en sus aguas. Al esparcir en ellas las cenizas de un difunto, o al bañarse en vida, las acciones realizadas, buenas o malas, serían olvidadas y se podría escapar del ciclo de morir y renacer, y alcanzar el estado de nirvana.

Quietos como estatuas cerca de la orilla, varios sadhus, hombres santos y ascetas, meditan con sus largas rastas enfrente de pequeños fuegos y olorosas varillas de incienso. Algunos visten túnicas de naranja butano, otros van cubiertos de ceniza blanca y otros completamente desnudos, dependiendo de la escuela a la que pertenezcan. Tras su renuncia a los placeres sensoriales, buscan un camino de desapego total al mundo físico, y centran todos sus esfuerzos en la meditación y el yoga, con el objetivo de alcanzar el estado de moksha, o de liberación.

Para el que decida no renunciar a los placeres terrenales, Varanasi ofrece una increíble multitud de alimentos, tanto en puestos callejeros como en restaurantes de todo tipo. Desde samosas, grasientas empanadillas de patata, guisante y picante, hasta lassis, una especie de yogur bebible, o yalebis, unas espirales naranjas de harina frita cubierta de azúcar, que nada tiene que envidiar a los churros. Decenas de niños volando cometas corren cerca de los dulces encapotando el cielo, y los miran con ojos ávidos, y se relamen y aceleran entre risas para no perderse el teatrillo improvisado, de aire medieval, interpretado por dos monos maquillados, encadenados, y vestidos como marido y mujer. Durante el sainete, el público ríe y aplaude con fervor.

Entre el trasiego constante de hombres santos, perros callejeros, turistas, vacas y algún habitante despistado, pasan a la carrera cortes funerarias cubiertas con paños azafranados, gritando salmos y rezos camino al río, ignorados por los transeúntes por lo común de su presencia, porque si hay algo omnipresente en toda la ciudad es la muerte, que se mezcla con los quehaceres diarios de manera pública. No se oculta en tanatorios cerrados, ni se esconde el cuerpo en grandes cajas de madera, sino que todo está a la vista, el dolor y el proceso, de una forma chocante y no exenta de belleza.

Es una ciudad en la que es fácil perderse, quedarse más de lo planeado y fantasear con aprender a tocar el sitar, o a meditar en el cercano pueblo dónde Buda alcanzó la iluminación, o apuntarse de una vez al curso de yoga, porque Varanasi es al mismo tiempo ancestral y moderna, en un constante cambio como todo lo que es la vida, como su río, que al fluir siempre cambia y es el mismo.

Narendra Modi, el actual presidente de la India, ha presentado una serie de planes para modernizarla y generar un tráfico comercial en el río, similar al del Támesis. Estos planes ponen en peligro, a pesar de su evidente potencial de modernización, aquello que un viajero más quiere ver: la esencia única de un sitio. Todos los pueblos tienen derecho al progreso y a una vida más cómoda, eso es evidente, pero es recomendable visitar esta ciudad, que es un milagro de piedra a la vera del Ganges, antes de que sea demasiado tarde y el viejo río ya no pase más.

Entradas relacionadas

Deja tu comentario